Luna

La luna se apodera de mi insomnio. Desde hace unos años he aprendido a lidiar con ella. Me seduce, me aburre, me inspira, me aterra y a veces me confunde y me arrulla. Nunca he sido un sujeto que le asombre la luna. Nunca la he acompañado con un libro ni muchos menos con un café y cigarrillo. Al contrario, siempre la he evitado a toda costa. Mirarla, para mi es como un acto de nostalgia, ella siempre ha estado ahí y las pocas veces que la contemplo, ella nunca cambia a pesar de que irradie asombro o se convierta en un elemento amorfo en mi cerebro. Ella me mira envejecer, y en algunas ocasiones se ha llevado mis esperanzas entre suspiros. Ilusamente en diversas ocasiones imaginé que mis amores muertos se divertían con ella o habitaban en un lugar cercano a una estrella. Estúpidamente he dejado de creer en eso, aunque ruego a mis ancestros que dicha concepción sea la equivocada. En invariables momentos, la luna me acompaña cuando camino entre las calles un poco ebrio, extasiado de besos de mujeres desconocidas o fatigado de la vida ordinaria. A pesar de todo, la luna y yo tenemos un pacto bastante bochornoso. Somos producto del deleite silencioso, que se instala y que sonríe en las noches de romances y tristezas.

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