Todo lo que soy

Prácticamente todo lo que soy se lo debo a las mujeres. Soy producto del amor de una mujer, fui educado por una mujer, me ha hecho sufrir una mujer, me ha ilusionado una mujer, me ha maravillado una mujer, discutía con frecuencia con una mujer, he escrito algunos poemas a una mujer, a veces bebo por una mujer, no he entendido a muchas mujeres, me ha hecho soñar una mujer, he olvidado a muchas otras mujeres, muchas mujeres me enseñaron filosofía, me ensañaron a escribir y a leer. Una mujer me enseñó el sentido de la vida a través de su muerte, muchos de mis libros están escritos por mujeres, me gusta la música “tocada” por mujeres, he llorado por una mujer, me he divertido con mujeres, una mujer en más de mil ocasiones me ha dejado pensando, he amado a diversas mujeres; la mujer me ha hecho…

Sobre bebedores

No importa cuánto uno pueda beber, si siempre existe una oportunidad para poder hacerlo. Pueden deslumbrarse millones de formas, pero mientras exista un motivo; ese motivo se convierte en la sensación perfecta. Los hombres despechados nunca sabremos dar la excusa exacta para tomarnos un buen trago, solamente lo hacemos y ya. Sin temores, ni rencores, sin odios y con muchos amores, con desquicio y siempre con exceso. La soledad siempre es una excusa para escribir bajo los efectos de la cerveza, ron o cualquier otra bebida que inhiba los pensamientos sinceros del buen borracho.
Pero eso no importa porque lo que siempre trasciende, en una sociedad casta e hipócrita, son los argumentos políticamente correctos de las personas que se consideran buenas y ejemplares. De ahí que tanto vegano, impoluto, anticlerical y demócrata sin serlo sinceramente. El problema no es ser, es aparentar ser lo que no se es. Pero eso tampoco importa porque el individuo no lo consume y no está educado para ser asimilado.
Uno debiera escribir cosas que radien el insomnio, pero que mejor que emitir lo que un borracho realmente siente y contempla. Todo es cuestión de convicción aunque nunca no lo sea.

Luna

La luna se apodera de mi insomnio. Desde hace unos años he aprendido a lidiar con ella. Me seduce, me aburre, me inspira, me aterra y a veces me confunde y me arrulla. Nunca he sido un sujeto que le asombre la luna. Nunca la he acompañado con un libro ni muchos menos con un café y cigarrillo. Al contrario, siempre la he evitado a toda costa. Mirarla, para mi es como un acto de nostalgia, ella siempre ha estado ahí y las pocas veces que la contemplo, ella nunca cambia a pesar de que irradie asombro o se convierta en un elemento amorfo en mi cerebro. Ella me mira envejecer, y en algunas ocasiones se ha llevado mis esperanzas entre suspiros. Ilusamente en diversas ocasiones imaginé que mis amores muertos se divertían con ella o habitaban en un lugar cercano a una estrella. Estúpidamente he dejado de creer en eso, aunque ruego a mis ancestros que dicha concepción sea la equivocada. En invariables momentos, la luna me acompaña cuando camino entre las calles un poco ebrio, extasiado de besos de mujeres desconocidas o fatigado de la vida ordinaria. A pesar de todo, la luna y yo tenemos un pacto bastante bochornoso. Somos producto del deleite silencioso, que se instala y que sonríe en las noches de romances y tristezas.

No puedo más

Cuando te vayas y veas mi ojos llorar. Mi corazón y mi mente te va a recordar con amor. Y junto con ello mi felicidad, mis letras, mi comida, mis insomnios, mis borracheras, mis enojos, mis promesas, mis sueños, mi seducción, mi deseo, mi estrés, mi fe, mis esperanzas y todo lo que nunca supe decir pero sentía te va a extrañar con amor. Me dejaste roto buscando tus labios y por más que quiero despertar de la pesadilla de tu adiós. Sólo recuerdo tu deseo de libertad que se ha convertido en mi frívola enfermedad de 365 días de malestares que no superan un futuro compartido. Me quedé sin ti. Y juro a mi Dios que te extraño tanto, tanto que vivo sumergido en botellas de ron con etiquetas que me matan en cada sorbo de hielo compartido con mi inútil intranquilidad.
Te quiero recordar con amor, pero hoy en día no he podido.
Mi amor dónde quiera que te encuentres regresa aquí conmigo.
La cerveza y mi letra me están aniquilando.
Te juro que no puedo no puedo más.

Crónica de una desgracia anunciada

Un día como hoy pero de hace cuatro años. En un viernes nublado, con tulipanes amarillos, un libro de Gabriel Zaid (mi poeta y pensador mexicano favorito) y una tesis de licenciatura casi por terminar. Besé por primera vez a la mujer que, no sólo cambió mi perspectiva del amor en pareja. Sino que cambió toda mi concepción del mundo a través del sentimentalismo más puro, caótico, complejo, polisémico, abstracto y maravilloso que un hombre pueda experimentar en un determinado momento de su existencia. Besé por primera vez los labios de la mujer que nunca pensé que su libertad me desterraría de toda gran quimera de un futuro promisorio, creíble y tangible.
Un día como hoy murió el viejo Hugo de borracheras poco comunes, de la dieta saludable, de las labores ordinarias y del lector por entretenimiento. Nacía el Hugo de la familia por crear, del compañero amado, el buscador del trabajo con buena remuneración y del afortunado por tener a su lado la mujer de su vida. Nacía el Hugo que soñaba con publicar algo de trascendencia en el ámbito de la política, el militante del partido político, aquél de la ideología del bienestar colectivo y de la fortuna del amor de su compañera. Un día como hoy fue la tarde que me convertía en el hombre más feliz del planeta. Besaba por vez primera a una mujer de nombre…
Quién iba a pensar que desde ese día mi destino me tenía una sorpresa. Convertirme en el gran hijo de puta que soy ahora a cambio de una desgracia desamorosa que no deja de sangrar en noches de insomnio.
Salud y escritura por eso; estamos vivos.
Crónica de insomnio noche tranquila.

Ausencia

Buenaventura hubiese sido tu ausencia si tu cuerpo nunca hubiese estado tan cerca del mío, como aquellas noches de amor textual que cubrían tus oídos cuando te recitaba uno de mis poemas sencillos porque no encontraba otra forma de decirte que era enfermo de tu amor complejo, distinto, cálido, único y finito. Si tan sólo tu ausencia me hubiese descrito que el futuro caótico iba a convertirme en un tremendo infeliz, que no encuentra solución a las sonrisas de la vida, soledad al séquito de nuestra muerte, ausencia en el libido de tu suerte, embriaguez de mi asquerosa adicción ordinaria. Tu ausencia, vaya que duele; vaya que lástima; vaya que me inspira; vaya que me maniata y me confunde. Mi pensamiento te proyecta, mis recuerdos me enloquecen, mis besos te buscan, mis lágrimas piden piedad. Pero así es tu ausencia, sin misericordia, ni explicación, sin salida; sin comprensión, amargo, tormentoso, llena de letra, lleno de euforia, lleno de vasos de cerveza: que se tiñe de color oscuro lleno de estrellas pero sin luz. Tu ausencia fue el rubor que me cambió de humor, tu sabor aún lo saboreo, el olor de tu cabello aún me lo imagino. Pero tu ausencia, vaya que me hizo más poeta.
Fuiste tan maravillosa que te hiciste ausencia.

Pesimista

Pesimista, que en el fondo no sería sino un optimista bien informado, considera la felicidad como una meta inalcanzable para el individuo. En esto, la doctrina metafísica de Schopenhauer es clara y determinante. La vida está determinada por una fuerza ciega, irracional e inescrutable: la voluntad. Pero no hay que entender aquí por voluntad la facultad individual para dirigir la propia conducta, sino la energía metafísica primigenia de la que surgen todas las cosas. La vida, por depender de esta, no puede ser sino mera apariencia e ilusión. Toda finalidad, todo orden, toda organización del devenir que fluye incansablemente es sólo el espejismo siempre recurrente de la vida, la ilusión inevitable
del ser, la mera manifestación de una voluntad desbocada a la que el hombre se empeña infructuosamente en someter a ciertos parámetros. La vida es privación, carencia, necesidad; de este modo, provoca angustias y preocupaciones, afanes y fracasos, desazón y dolor. A veces parecería que tras la satisfacción de un deseo o la consecución de una meta se instaura la calma. Pero no es así: pronto irrumpe, no menos arrollador, el sentimiento de hastío y aburrimiento. Este constituye, sin embargo, un estado de ánimo iluminador que, cuando menos lo esperamos, hace acto de presencia para revelarnos con claridad dónde estamos situados y recordarnos que la vida carece de significado, es vacía, inane, vana. Somos títeres en el teatro de la voluntad.